Mi negrita

Aún después de cuatro años de tu partida,
yo sigo recordándote como el primer día. Añorándote,
viendo tus fotos y deseando sacarte de ellas y apretarte entre mis brazos.

¿Quién diría que tú, mi negrita linda, tan sencilla, tan silente, tan apacible ante las adversidades, ibas a dejar una huella tan profunda en mí y en cada una de las personas que tuvieron la preciosa oportunidad de conocerte? Calaste hondo, mi «gatito» como yo solía decirte.

Y me lleno de profunda nostalgia al recordarte.
Hay quienes dicen que el tiempo ayuda a olvidar, a sanar.
A sanar, si. Pero a olvidar, no. Al menos en mi caso no ha sido así.


Sólo he aprendido a vivir
con tu ausencia física,
he aprendido a no esperarte,
a ver la hamaca vacía
y a entender que tu silla
en el jardín, se quedará así.

Que tu taza favorita
permanece en su lugar,
como si estuviese esperando
por tus cálidas manos.

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Que tu chal para protegerte del frío,
ahora es un bonito adorno para el sofá.

Lo lindo de todo esto, aparte de haber tenido
la mágica experiencia de haber sido (y lo digo con orgullo)
tu hija, es que me he dado cuenta de que muchas cosas me han quedado de ti.

Me doy cuenta de que río como tú,
de que cocino como tú,
de que hablo como tú,
de que canto y bailo como tú,
y hasta lloro como tú.

Puedo ver que esos zapatos
que usaste el día de tu boda y que
permanecían guardados en lo alto del clóset,
me parecían enormes y yo me los probé tantas veces
de niña, ahora me sirven y puedo recorrer tu mismo camino.


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Y con cada paso, voy entendiendo
lo que alguna vez te critiqué.

Ahora entiendo los regaños, los límites,
los llantos, las preocupaciones y los miedos.

Ahora te agradezco tanto
por todo lo que antes no entendía.

«Cuando seas madre, me entenderás»,
solías decirme.

Ahora agradezco tu amor,
tus desvelos, tu preocupación,
tus sacrificios.

Hoy me miro en el espejo y te veo.


Agradezco la bendición que Dios me dio
de haberme convertido en tus brazos,
en tus piernas y a veces,
en tus ganas de vivir.

Fuimos el mejor dúo
que pudo existir
desde que yo
era adolescente.
Fuiste mi mejor amiga,
mi fortaleza,
la voz
en mi conciencia.


Desde mi silla en tu cuarto,
me gustaba verte dormir y velar tu sueño,
como sé que lo hiciste tú tantas veces conmigo.

Si algo aprendí de tu enfermedad, es que nos enfermó a todos los que te amábamos. Pero nos enfermó de amor, de unión y aunque no lo creas, de más admiración hacia ti, mi guerrera incansable. A pesar de tu enfermedad, jamás dejaste de sonreír, de luchar. Fuiste una super mujer. Superaste mis expectativas. Fuiste la mejor.


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Te amo mamá.

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Taza
Silla
Hamaca
Zapatos
Abrazadas

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